En mi tierra, en la época que yo era más joven y vivía allí, se hablaba de un problema que padecía bastante gente, “la espinilla caída o el estómago caído”. Os voy a contar algún caso que conocí.
Cuando yo tenía 14 años, recibió mi padre una carta en la que le pedía su cuñado que me dejase ir a su casa porque mi tía estaba enferma y tenían que ir a Lugo.
Hoy en día, ir a Lugo no supone ningún esfuerzo. Quien más, quien menos, dispone de coche en la puerta, o de algún vecino que pueda llevarle. Pero entonces, además de lo excepcional del hecho de ir a Lugo al médico, o a cualquier otra cosa, había una distancia considerable que se hacía en le mejor de los casos a caballo y se requería mucho tiempo para llegar.
De manera que me encaminé hacia un pueblo al que no había ido nunca, andando por montes y caminos que no conocía hasta llegar a una aldea donde vivía un hermano de mi tío, que al día siguiente me acompañó hasta el otro pueblo.
En este viajecito, aprendí varias cosas que me servirían para el futuro. Una de ellas, a comer nabizas.
Cuando llegué por fin a esa primera casa, tenían para cenar caldo de cimos. Pero sólo eso, caldo y cimos, ni patatas ni nada. Aquello estaba muy amargo, pero como no había otra cosa, lo tuve que comer.
Cuando vine a Madrid, comprobé que en Castilla, la gente comía los nabos, y las ramas se las tiraba a los cerdos. Todo lo contrario que se hacía en Galicia, que se sembraban los nabos para comer las nabizas y de los nabos, daban cuenta los cerdos.
Ahora sin embargo, todo el mundo conoce el lacón con grelos, le parece estupendo y resulta que con otro nombre, estamos hablando de lo mismo...A la noche siguiente, llegué a casa de mis tíos, que se marcharon por la mañana.
Así que allí me quedé, a cargo de 3 niños, el mayor de 7 años, de la casa y del ganado.
Llevamos entre los 4 las vacas a un lugar del monte, donde me dijo el niño mayor, y cuando por la noche fuimos a buscarlas, no estaban.
Y es que las vacas, aunque parezcan una cosa tonta, y sin personalidad, no lo son, tienen ideas propias y a veces, te meten en apuros, pero esto, ya os lo contaré en otro momento.
Tuvimos que andar mucho para encontrar las vacas que habían decidido ir a pastar a un prado, donde comer era más fácil aunque estuviera lejos y con acceso complicado.
No se me volvió a ocurrir llevar las vacas a aquel monte que tan poco gustaba a las vacas.
Cuando mis tíos volvieron al fin de visitar a un curandero, venían algo desilusionados porque les habían dicho que tenía el estómago caído, y tendrían que volver otra vez para quedarse.
Aquello me hizo pensar que podría tratarse de lo que yo conocía como espinilla caída, y así se lo dije. Pues si lo que puede tener es la espinilla caída, yo puedo comprobarlo. No sé arreglarlo, pero papá sí. Y dicho y hecho, nos pusimos manos a la obra.
La comprobación se hace primeramente con la persona sentada en el suelo con las piernas juntas y estiradas. Hay que ir elevándole los brazos y haciéndoselos juntar rectos por encima de la cabeza. Si los dedos no igualan, es que tiene la espinilla caída.
Mi tía tenía una diferencia muy grande, casi le llegaba la punta de los dedos de una mano a la muñeca de la otra.
La segunda parte, consiste en medir desde el centro de la espalda, en la columna, hasta el centro del cuerpo por delante, en el esternón. Se mide por encima y por debajo del pecho y se comprueba la diferencia en centímetros que hay ente un lado y otro.
La tercera parte, ya consiste en una serie de masajes que acompañados de unas oraciones, hacen que el cuerpo vuelva a igualar, aunque parezca mentira.
Así después de lo dicho, mi tío volvió a escribir a mi padre contándole lo que habíamos hecho, para conocer su opinión.
Otra vez se fueron mis tíos, esta vez a mi casa para que mi padre la compusiera, que así lo llamaban.
Después del arreglo, la paciente, tenía que estar al menos 9 días sin hacer ningún tipo de esfuerzo y la mayor parte del tiempo en la cama.
Mi tío se volvió a su casa y ella se quedó en la mía bastante tiempo. A los 15 días, mi tío escribió otra carta, porque estaba preocupado y le respondieron que todo iba bien, que ya iba a volver a casa y que mi padre, la acompañaría porque del traqueteo del viaje, seguramente se volvería a desamañar. Así fue, cuando llegó a casa tuvo que volver a componerla y volver a reposar aunque la cosa ya fue más rápida. Aun así, entre unas cosas y otras, yo había ido en Marzo a casa de mis tíos y volví a la mía después del verano.
En otra ocasión, una entre tantas, recuerdo que le pidió a mi padre un señor, que era el músico de las fiestas, que viese a su hermana porque ya la habían visto muchos médicos hasta de Meira y de Lugo, y todas la daban por desahuciada.
Llevaron a aquella mujer a mi casa, en muy malas condiciones, y tras el arreglo, mejoró espectacularmente.
Con el tiempo, yo misma he ayudado a hacérselo a un cuñado porque quien sabía ya no tenía muchas fuerzas. Y en otra ocasión, hasta incluso mi jija que nunca lo había visto hacer, siguiendo las indicaciones de una prima nuestra, ya mayor, pudo hacérselo a mi propia madre. En aquellos momentos, ya no vivía mi padre.
Cuando yo tenía 14 años, recibió mi padre una carta en la que le pedía su cuñado que me dejase ir a su casa porque mi tía estaba enferma y tenían que ir a Lugo.
Hoy en día, ir a Lugo no supone ningún esfuerzo. Quien más, quien menos, dispone de coche en la puerta, o de algún vecino que pueda llevarle. Pero entonces, además de lo excepcional del hecho de ir a Lugo al médico, o a cualquier otra cosa, había una distancia considerable que se hacía en le mejor de los casos a caballo y se requería mucho tiempo para llegar.
De manera que me encaminé hacia un pueblo al que no había ido nunca, andando por montes y caminos que no conocía hasta llegar a una aldea donde vivía un hermano de mi tío, que al día siguiente me acompañó hasta el otro pueblo.
En este viajecito, aprendí varias cosas que me servirían para el futuro. Una de ellas, a comer nabizas.
Cuando llegué por fin a esa primera casa, tenían para cenar caldo de cimos. Pero sólo eso, caldo y cimos, ni patatas ni nada. Aquello estaba muy amargo, pero como no había otra cosa, lo tuve que comer.
Cuando vine a Madrid, comprobé que en Castilla, la gente comía los nabos, y las ramas se las tiraba a los cerdos. Todo lo contrario que se hacía en Galicia, que se sembraban los nabos para comer las nabizas y de los nabos, daban cuenta los cerdos.
Ahora sin embargo, todo el mundo conoce el lacón con grelos, le parece estupendo y resulta que con otro nombre, estamos hablando de lo mismo...A la noche siguiente, llegué a casa de mis tíos, que se marcharon por la mañana.
Así que allí me quedé, a cargo de 3 niños, el mayor de 7 años, de la casa y del ganado.
Llevamos entre los 4 las vacas a un lugar del monte, donde me dijo el niño mayor, y cuando por la noche fuimos a buscarlas, no estaban.
Y es que las vacas, aunque parezcan una cosa tonta, y sin personalidad, no lo son, tienen ideas propias y a veces, te meten en apuros, pero esto, ya os lo contaré en otro momento.
Tuvimos que andar mucho para encontrar las vacas que habían decidido ir a pastar a un prado, donde comer era más fácil aunque estuviera lejos y con acceso complicado.
No se me volvió a ocurrir llevar las vacas a aquel monte que tan poco gustaba a las vacas.
Cuando mis tíos volvieron al fin de visitar a un curandero, venían algo desilusionados porque les habían dicho que tenía el estómago caído, y tendrían que volver otra vez para quedarse.
Aquello me hizo pensar que podría tratarse de lo que yo conocía como espinilla caída, y así se lo dije. Pues si lo que puede tener es la espinilla caída, yo puedo comprobarlo. No sé arreglarlo, pero papá sí. Y dicho y hecho, nos pusimos manos a la obra.
La comprobación se hace primeramente con la persona sentada en el suelo con las piernas juntas y estiradas. Hay que ir elevándole los brazos y haciéndoselos juntar rectos por encima de la cabeza. Si los dedos no igualan, es que tiene la espinilla caída.
Mi tía tenía una diferencia muy grande, casi le llegaba la punta de los dedos de una mano a la muñeca de la otra.
La segunda parte, consiste en medir desde el centro de la espalda, en la columna, hasta el centro del cuerpo por delante, en el esternón. Se mide por encima y por debajo del pecho y se comprueba la diferencia en centímetros que hay ente un lado y otro.
La tercera parte, ya consiste en una serie de masajes que acompañados de unas oraciones, hacen que el cuerpo vuelva a igualar, aunque parezca mentira.
Así después de lo dicho, mi tío volvió a escribir a mi padre contándole lo que habíamos hecho, para conocer su opinión.
Otra vez se fueron mis tíos, esta vez a mi casa para que mi padre la compusiera, que así lo llamaban.
Después del arreglo, la paciente, tenía que estar al menos 9 días sin hacer ningún tipo de esfuerzo y la mayor parte del tiempo en la cama.
Mi tío se volvió a su casa y ella se quedó en la mía bastante tiempo. A los 15 días, mi tío escribió otra carta, porque estaba preocupado y le respondieron que todo iba bien, que ya iba a volver a casa y que mi padre, la acompañaría porque del traqueteo del viaje, seguramente se volvería a desamañar. Así fue, cuando llegó a casa tuvo que volver a componerla y volver a reposar aunque la cosa ya fue más rápida. Aun así, entre unas cosas y otras, yo había ido en Marzo a casa de mis tíos y volví a la mía después del verano.
En otra ocasión, una entre tantas, recuerdo que le pidió a mi padre un señor, que era el músico de las fiestas, que viese a su hermana porque ya la habían visto muchos médicos hasta de Meira y de Lugo, y todas la daban por desahuciada.
Llevaron a aquella mujer a mi casa, en muy malas condiciones, y tras el arreglo, mejoró espectacularmente.
Con el tiempo, yo misma he ayudado a hacérselo a un cuñado porque quien sabía ya no tenía muchas fuerzas. Y en otra ocasión, hasta incluso mi jija que nunca lo había visto hacer, siguiendo las indicaciones de una prima nuestra, ya mayor, pudo hacérselo a mi propia madre. En aquellos momentos, ya no vivía mi padre.
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