En aquellos tiempos en que nos criábamos, había mucha escasez de comida y de medios para trabajar y sin embargo, muchas bocas que alimentar.
Las familias, eran todas numerosas y no como ahora que lo han rebajado a 3 hijos. En mi casa, fuimos 7 hermanos. Yo era la mayor.
Fue necesario ir a cavar a los montes y quemar aquellas tierras tan duras. Se llamaban torroes, y después de mucho trabajo, se podía sembrar el trigo.
Lo malo era que en la época de la siega, los mozos y los hombres del pueblo se iban a segar a Castilla para ganar un dinero y quedaba toda la cosecha para las mujeres, los niños y los viejos.
Segar, todavía segábamos, pero hacer los haces de trigo, lo que allí se llaman mollos, para después poderlos apilar y luego mallar, ese trabajo, lo hacían los hombres y no daban abasto.
Cuando estuve en casa de mis tíos, aprendí a atar, aunque allí se hacía de otra manera. Y gracias a eso y a que pedí a mi padre que me enseñara, pude atar como los hombres y ayudar a que todo fuese más rápido. Con el tiempo, fueron aprendiendo también otras mujeres y fuimos haciendo otros trabajos que tradicionalmente eran cosa de hombres en el tiempo de la malla.
Hacer los mollos, tenía su ciencia para que quedasen bien sujetos con las propias pajas del trigo, y bien grandes, porque se pagaba al dueño de la máquina de mallar, por número de haces.
Las familias, eran todas numerosas y no como ahora que lo han rebajado a 3 hijos. En mi casa, fuimos 7 hermanos. Yo era la mayor.
Fue necesario ir a cavar a los montes y quemar aquellas tierras tan duras. Se llamaban torroes, y después de mucho trabajo, se podía sembrar el trigo.
Lo malo era que en la época de la siega, los mozos y los hombres del pueblo se iban a segar a Castilla para ganar un dinero y quedaba toda la cosecha para las mujeres, los niños y los viejos.
Segar, todavía segábamos, pero hacer los haces de trigo, lo que allí se llaman mollos, para después poderlos apilar y luego mallar, ese trabajo, lo hacían los hombres y no daban abasto.
Cuando estuve en casa de mis tíos, aprendí a atar, aunque allí se hacía de otra manera. Y gracias a eso y a que pedí a mi padre que me enseñara, pude atar como los hombres y ayudar a que todo fuese más rápido. Con el tiempo, fueron aprendiendo también otras mujeres y fuimos haciendo otros trabajos que tradicionalmente eran cosa de hombres en el tiempo de la malla.
Hacer los mollos, tenía su ciencia para que quedasen bien sujetos con las propias pajas del trigo, y bien grandes, porque se pagaba al dueño de la máquina de mallar, por número de haces.
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