viernes, 16 de marzo de 2007

LAS DIVERSIONES

A parte de lo duro que era el trabajo, todo en general y la siega en particular, nos lo pasábamos bien. Nos ayudábamos unos a otros, comíamos todos juntos, cantábamos y se constaban historias.
A veces, comprábamos letras de canciones, una amiga del pueblo, Josefa de Pascual, le ponía música y entre las dos cantábamos. A mí me daba un poco de vergüenza, pero al segar, como me parecía que no me veían, cantaba y me oían hasta en los pueblos de alrededor.

Cuando mi madre era pequeña, la llamaban muchas veces para ir a segar en cuadrillas porque cantaba muy bien, y auque no segaba tanto como los mayores, ellos preferían hacer parte de su trabajo a cambio de que con sus canciones les animase el trabajo.

Además de cantar bien, era muy buena bailarina. Mi padre también lo era, y cuando se juntaban en las fiestas, eran los que más tiempo resistían bailando sin descansar. Acababan con todos, hasta con los músicos.


No teníamos muchas ocasiones para entretenernos ni divertirnos, porque ni teníamos tiempo, que se trabajaba de sol a sol, ni había donde ir.

Lo que se salí un poco de la rutina, era ir a Misa a la Parroquia, que estaba bastante lejos por cierto.

A mí ya no me gustaba ni ir siquiera, porque además de la caminata, siempre, no sé si por el olor de las velas o por qué, me mareaba llegando a la consagración. Como mis amigas ya lo sabían de otras veces, cuando me veían palidecer, me sacaban a la calle para que me diese el aire. Así que esas eran mis salidas.

Bueno, a veces, íbamos a la feria a un pueblo, Meira, que era y sigue siendo importante en la zona. Está a unos 25 ó 30 kilómetros de distancia. Nos poníamos en camino por la mañana temprano con huevos o judías si las teníamos, para intentar venderlos en la feria y comprar zuecas de madera, que era con lo que se andaba por allí.

Después de comernos el pan y el tocino que solíamos llevar y de terminar de ver la feria, volvíamos a coger camino hasta casa.

En una ocasión, una amiga y yo, nos empeñamos en ira a la feria. No quería ir nadie porque hacía muy mal tiempo, estaba nevando. Pero nosotras, nos empeñamos y nos pusimos en marcha. A mitad de camino, nos encontramos con un vecino que iba a caballo y se dio la vuelta. Nosotras seguimos adelante, andando, por supuesto.

Tuvimos que parar en un pueblo antes de llegar a la feria para secarnos un poco la ropa. Afortunadamente no se quedó el camino incomunicado para poder volver.

Y todo, para comprar unas telas y hacer unas sábanas uniendo los trozos con costuras.

Ahora, ir a la feria es otra cosa. Se va en coche casi en un momento. Hay muchos puestos de ropa, calzado, fruta, etc. También se venden gallinas, cerdos, vacas...

Lo típico que se come allí es el pulpo a feira que está buenísmo.

Nosotras, por lo menos las de mi casa, íbamos a las fiestas del pueblo de abajo donde teníamos unos tíos y al pueblo de arriba a casa de unos amigos o de otros tíos, pero no íbamos a ninguna otra como hacían los chicos.

Pero una vez que estuve en un pueblo cercano, Meiroy, resultó que allí, las chicas si iban a las fiestas. Así que a la primera ocasión hable con todas las de mi pueblo y quedamos en intentar ir a la primera fiesta que hubiese. Cada una se encargaba de convencer a su familia. Yo mandé a mi hermana mediana que siempre ha sido más echada para adelante a pedir permiso a mi padre. Pero éste, que no tenía un pelo de tonto, enseguida se dio cuenta que había sido idea mía y habló conmigo. Le convencí y nos dejó ir a las 3 hermanas.

Así fue como las chicas de mi pueblo empezamos a tener un poco de igualdad con relación a las salidas de fiesta.

viernes, 9 de marzo de 2007

LA COSECHA

En aquellos tiempos en que nos criábamos, había mucha escasez de comida y de medios para trabajar y sin embargo, muchas bocas que alimentar.

Las familias, eran todas numerosas y no como ahora que lo han rebajado a 3 hijos. En mi casa, fuimos 7 hermanos. Yo era la mayor.

Fue necesario ir a cavar a los montes y quemar aquellas tierras tan duras. Se llamaban torroes, y después de mucho trabajo, se podía sembrar el trigo.

Lo malo era que en la época de la siega, los mozos y los hombres del pueblo se iban a segar a Castilla para ganar un dinero y quedaba toda la cosecha para las mujeres, los niños y los viejos.

Segar, todavía segábamos, pero hacer los haces de trigo, lo que allí se llaman mollos, para después poderlos apilar y luego mallar, ese trabajo, lo hacían los hombres y no daban abasto.

Cuando estuve en casa de mis tíos, aprendí a atar, aunque allí se hacía de otra manera. Y gracias a eso y a que pedí a mi padre que me enseñara, pude atar como los hombres y ayudar a que todo fuese más rápido. Con el tiempo, fueron aprendiendo también otras mujeres y fuimos haciendo otros trabajos que tradicionalmente eran cosa de hombres en el tiempo de la malla.

Hacer los mollos, tenía su ciencia para que quedasen bien sujetos con las propias pajas del trigo, y bien grandes, porque se pagaba al dueño de la máquina de mallar, por número de haces.

viernes, 2 de marzo de 2007

LA ESPINILLA CAIDA

En mi tierra, en la época que yo era más joven y vivía allí, se hablaba de un problema que padecía bastante gente, “la espinilla caída o el estómago caído”. Os voy a contar algún caso que conocí.

Cuando yo tenía 14 años, recibió mi padre una carta en la que le pedía su cuñado que me dejase ir a su casa porque mi tía estaba enferma y tenían que ir a Lugo.

Hoy en día, ir a Lugo no supone ningún esfuerzo. Quien más, quien menos, dispone de coche en la puerta, o de algún vecino que pueda llevarle. Pero entonces, además de lo excepcional del hecho de ir a Lugo al médico, o a cualquier otra cosa, había una distancia considerable que se hacía en le mejor de los casos a caballo y se requería mucho tiempo para llegar.

De manera que me encaminé hacia un pueblo al que no había ido nunca, andando por montes y caminos que no conocía hasta llegar a una aldea donde vivía un hermano de mi tío, que al día siguiente me acompañó hasta el otro pueblo.

En este viajecito, aprendí varias cosas que me servirían para el futuro. Una de ellas, a comer nabizas.

Cuando llegué por fin a esa primera casa, tenían para cenar caldo de cimos. Pero sólo eso, caldo y cimos, ni patatas ni nada. Aquello estaba muy amargo, pero como no había otra cosa, lo tuve que comer.

Cuando vine a Madrid, comprobé que en Castilla, la gente comía los nabos, y las ramas se las tiraba a los cerdos. Todo lo contrario que se hacía en Galicia, que se sembraban los nabos para comer las nabizas y de los nabos, daban cuenta los cerdos.

Ahora sin embargo, todo el mundo conoce el lacón con grelos, le parece estupendo y resulta que con otro nombre, estamos hablando de lo mismo...A la noche siguiente, llegué a casa de mis tíos, que se marcharon por la mañana.

Así que allí me quedé, a cargo de 3 niños, el mayor de 7 años, de la casa y del ganado.

Llevamos entre los 4 las vacas a un lugar del monte, donde me dijo el niño mayor, y cuando por la noche fuimos a buscarlas, no estaban.

Y es que las vacas, aunque parezcan una cosa tonta, y sin personalidad, no lo son, tienen ideas propias y a veces, te meten en apuros, pero esto, ya os lo contaré en otro momento.

Tuvimos que andar mucho para encontrar las vacas que habían decidido ir a pastar a un prado, donde comer era más fácil aunque estuviera lejos y con acceso complicado.

No se me volvió a ocurrir llevar las vacas a aquel monte que tan poco gustaba a las vacas.

Cuando mis tíos volvieron al fin de visitar a un curandero, venían algo desilusionados porque les habían dicho que tenía el estómago caído, y tendrían que volver otra vez para quedarse.

Aquello me hizo pensar que podría tratarse de lo que yo conocía como espinilla caída, y así se lo dije. Pues si lo que puede tener es la espinilla caída, yo puedo comprobarlo. No sé arreglarlo, pero papá sí. Y dicho y hecho, nos pusimos manos a la obra.

La comprobación se hace primeramente con la persona sentada en el suelo con las piernas juntas y estiradas. Hay que ir elevándole los brazos y haciéndoselos juntar rectos por encima de la cabeza. Si los dedos no igualan, es que tiene la espinilla caída.

Mi tía tenía una diferencia muy grande, casi le llegaba la punta de los dedos de una mano a la muñeca de la otra.

La segunda parte, consiste en medir desde el centro de la espalda, en la columna, hasta el centro del cuerpo por delante, en el esternón. Se mide por encima y por debajo del pecho y se comprueba la diferencia en centímetros que hay ente un lado y otro.

La tercera parte, ya consiste en una serie de masajes que acompañados de unas oraciones, hacen que el cuerpo vuelva a igualar, aunque parezca mentira.

Así después de lo dicho, mi tío volvió a escribir a mi padre contándole lo que habíamos hecho, para conocer su opinión.

Otra vez se fueron mis tíos, esta vez a mi casa para que mi padre la compusiera, que así lo llamaban.

Después del arreglo, la paciente, tenía que estar al menos 9 días sin hacer ningún tipo de esfuerzo y la mayor parte del tiempo en la cama.

Mi tío se volvió a su casa y ella se quedó en la mía bastante tiempo. A los 15 días, mi tío escribió otra carta, porque estaba preocupado y le respondieron que todo iba bien, que ya iba a volver a casa y que mi padre, la acompañaría porque del traqueteo del viaje, seguramente se volvería a desamañar. Así fue, cuando llegó a casa tuvo que volver a componerla y volver a reposar aunque la cosa ya fue más rápida. Aun así, entre unas cosas y otras, yo había ido en Marzo a casa de mis tíos y volví a la mía después del verano.

En otra ocasión, una entre tantas, recuerdo que le pidió a mi padre un señor, que era el músico de las fiestas, que viese a su hermana porque ya la habían visto muchos médicos hasta de Meira y de Lugo, y todas la daban por desahuciada.

Llevaron a aquella mujer a mi casa, en muy malas condiciones, y tras el arreglo, mejoró espectacularmente.

Con el tiempo, yo misma he ayudado a hacérselo a un cuñado porque quien sabía ya no tenía muchas fuerzas. Y en otra ocasión, hasta incluso mi jija que nunca lo había visto hacer, siguiendo las indicaciones de una prima nuestra, ya mayor, pudo hacérselo a mi propia madre. En aquellos momentos, ya no vivía mi padre.